22 Noviembre 2020

“No hay mejor respuesta a la violencia que la celeridad democrática”

“No hay progreso si no se garantiza la convivencia”, resalta. La necesidad de llegar a acuerdos, la presión de la violencia terrorista, la forma en que trabajaron y el debate sobre la consagración de las libertades y derechos son algunas de las experiencias abordadas por este destacado abogado, redactor del texto constitucional de 1978.

Reportajes El Mercurio. Domingo 22 de noviembre.

Se advierte que compartir su experiencia del acuerdo constitucional español lo apasiona. Amable y con una claridad que impresiona, este destacado político, abogado y profesor universitario jugó un papel clave para que el proceso constituyente español tuviera éxito. Miquel Roca formó parte de los siete diputados ponentes encargados de redactar una propuesta constitucional a la Cámara, representando a la minoría catalana. Todos le reconocieron su talento para facilitar acercamientos. Considera a la Constitución de 1978 como una ‘hija’ y le interesa destacar que ‘es la primera en la historia de España que fue refrendada por el pueblo directamente’, y que lo fue ‘por un porcentaje de conformidad superior al 91%’. Si bien se preocupa de no interferir en el proceso chileno, no hay duda de que su relato sirve para enriquecer nuestro debate.

Este miércoles a las 9:00 horas participará en un conversatorio junto a Santiago Muñoz Machado, también abogado, profesor universitario y director de la Real Academia Española, el que será transmitido por Emol, en una invitación de la Cámara Española de Comercio de Chile.

—Entre los ponentes redactores del texto constitucional había personas de distintas tendencias (desde representantes comunistas a exfuncionarios del régimen franquista). ¿Cómo lograron establecer un buen ambiente de trabajo, un desafío que parecía casi imposible?

—Por una razón fundamental. La gente nos lo exigía. Siempre cuento una anécdota. En una madrugada, en una Barcelona oscura, se me acerca un señor y me dice ‘Roca, no se asuste, yo solo le vengo a pedir una cosa: esta vez esto tiene que salir bien’. Lo que nos estaban pidiendo es que nos pusiéramos de acuerdo y que aquello que íbamos a hacer durase. Tuvimos que ponernos de acuerdo, tuvimos que entablar una relación amable y cordial, incluso procediendo de ideologías y campos políticos muy distintos.

—¿Cómo se alcanzaron los acuerdos y se estableció ese clima de confianza entre ustedes?

—A veces hay pequeñas técnicas que al cabo de un tiempo te das cuenta de que eran útiles. Nosotros primero nos pusimos de acuerdo en decir cuál tiene que ser el índice de la Constitución. Yo no había hecho una Constitución en mi vida, ni había soñado jamás con tener que hacer una. Lo que sabíamos es que teníamos que terminar con el régimen franquista y lo que él representaba, pero que esto se tradujese en una Constitución no lo había pensado y era un profesor universitario. Dijimos: hagamos un índice, qué tiene que decir, y luego empecemos por el título primero y donde no nos pongamos de acuerdo lo dejamos para más adelante. Era una técnica que decía aparcar artículos. Nos reuníamos y nos poníamos de acuerdo en cuatro artículos, por ejemplo; los otros quedaban aparcados. Entonces en una segunda lectura, en una tercera, y casi por agotamiento, en la quinta nos poníamos de acuerdo en muchas cosas. Sabíamos que había cosas en que no estaríamos de acuerdo, pero teníamos que evitar que hubiera desacuerdos muy fundamentales. No queríamos una Constitución de mayoría corta, queríamos una Constitución de mayoría amplia.

—¿Cuáles fueron las mayores dificultades que enfrentaron al abordar el contenido concreto de la Constitución?

—Se puede decir que la Constitución del Estado autonómico. La construcción de un Estado centralista de la que partíamos, evidentemente tenía muchas dificultades. Pero creo que lo que más dificultades nos impuso fue la declaración de derechos y libertades. Nosotros construíamos una declaración que los franceses pudieran decir, siguiendo la tradición de la Revolución Francesa. Nuestros antecedentes siempre habían sido de confrontación; la confrontación civil ha sido una característica de la historia de España. Nosotros no habíamos participado en las guerras mundiales, porque estábamos más ocupados matándonos entre nosotros. Por tanto, al construir una declaración de derechos y libertades, que tiene una actualidad extraordinaria, podíamos incorporar otras experiencias de nuestro entorno y actualizar nuestra Constitución en una terminología muy contemporánea. Aquello fue lo más apasionante y ciertamente lo más difícil. Le pongo dos ejemplos: Qué de discusiones hay en todo el mundo sobre el tema del matrimonio homosexual. En el año 1978 hicimos una Constitución que dejaba abierta esta puerta y esto se ha podido resolver en España mediante una ley. No ha sido necesaria ninguna reforma constitucional. Asimismo, en el año 1978 dijimos que el servicio militar era obligatorio, lo pone la Constitución en unos términos que permiten decir ahora que se entiende obligatorio cuando sea necesario. Hoy un sector de la izquierda más radical española descansa en su acuerdo de coalición con el Partido Socialista en el contenido social de la Constitución. Ha salido bien. Dificultades, claro que las hubo, pero todo es difícil.

Una cierta reserva facilita la obtención de un acuerdo

—¿Cómo equilibraron el legítimo interés de la ciudadanía de conocer los avances del proceso con la discrecionalidad que requiere cualquier negociación para lograr resultados?

—De los siete ponentes, cada semana había uno que estaba en funciones y era el portavoz. Al terminar nuestras sesiones hacíamos una rueda de prensa en la que informábamos de lo que habíamos hablado. Donde había acuerdos decíamos lo que habíamos alcanzado, pero manteníamos un cierto secreto, porque lógicamente si esto se hace con excesiva transparencia será muy difícil. En un documento como una Constitución todo es un problema de equilibrio, todo se complementa, todo se compensa y cuando solo explicas una parte, un punto del puzle, esto puede desencadenar una ola de comentarios negativos. Nosotros lo que queríamos era reflejar que nos estábamos intentando poner de acuerdo, eso era lo más importante: ‘Nos estamos intentando poner de acuerdo, no nos lo compliquen por favor’. Cuando nosotros terminamos la ponencia se abrió un período de presentación de enmiendas, donde hubo más de mil; esa fue una fase difícil. Había muchas enmiendas presentadas por los diputados a las cuales les teníamos que decir que no o que sí. Este era un trabajo más sofisticado, más de matices. Técnicamente, esa fue la parte más difícil. Chile no tiene por qué aceptar una recomendación de alguien de afuera como yo, pero considero que una cierta reserva, no opacidad, sobre lo que se está tratando facilita la obtención de un acuerdo.

—¿Qué papel jugó la violencia, pensando sobre todo en los atentados de ETA que buscaba boicotear el proceso? ¿Cómo enfrentaron esa presión?

—Estábamos haciendo una Constitución con cien asesinatos al año. Esto ejercía una presión sobre nosotros. Esta presión la compensábamos con un compromiso: hemos de ir rápido, no podemos hacer un proceso constituyente que se alargue. Las elecciones democráticas se celebran el 15 de junio de 1977; en el mes de agosto constituimos la ponencia constitucional los siete que estuvimos trabajando. A finales de diciembre, terminábamos nuestra propuesta, se abría el período de presentación de enmiendas. Elaboramos todo el proyecto, se discutió en comisión, en el pleno, fue al Senado y en diciembre de 1978 la Constitución se sometió a referéndum. Fue acelerado, porque queríamos dar la respuesta democrática a la violencia terrorista. No hay mejor respuesta a la violencia que la celeridad democrática.

—¿Es partidario de un texto constitucional breve o de uno extenso?

—Por definición, soy partidario de lo breve. Cuando una Constitución entra en el casuismo reglamentista, está mal. Nosotros la tuvimos que hacer más extensa porque en el capítulo de los derechos y libertades a nosotros nos correspondía definirlas. Recordemos que en aquel momento los poderes del Estado todavía tenían un acento muy franquista. Por tanto, no podíamos dejar la interpretación de derechos y libertades a quienes nos los habían negado durante tanto tiempo. Teníamos que ser muy prolijos en esas definiciones, no vayan ellos a decir alguna barbaridad. Hoy seguramente la podríamos hacer más breve. Una Constitución debe tener capacidad de adaptación al cambio y facilidad de comprensión. La Constitución es un texto que en sus grandes principios y fundamentos tiene que ser enseñado en las escuelas. La gente tiene el derecho a criticar la Constitución, tiene el derecho a reformarla, pero tiene la obligación de conocerla. Si es muy extensa, ello se hace difícil.

—¿Cómo hacer un debate constitucional de cara a la ciudadanía y en época de redes sociales?

—Hay una obligación democrática fundamental: no engañar a la gente. Una Constitución sirve para lo que sirve, no va a resolver todos los problemas, define un marco a la resolución de los conflictos. Lo que resuelve los problemas es la política de cada día, la acción de un gobierno. Estamos definiendo un marco de convivencia. Al final, la apuesta de una Constitución es que permita la convivencia. La política legislativa no tiene que encontrar impedimentos falsos en la Constitución. Uno de los temas más importantes que ha tenido España como símbolo es que gobiernos de izquierda y de derecha han introducido modelos educativos distintos, que el TC ha dicho en todos los casos que eran conforme a la Constitución. Hay que dejar abierta la posibilidad de que la voluntad popular se exprima, pero la gente tiene que entender que no hay progreso si no se garantiza la convivencia. No conozco de ningún país que no tenga un nivel alto de convivencia que progrese.

—¿Cómo afrontaron la demanda de incorporar derechos sociales?

—A nosotros nos ayudó mucho el que en paralelo a la Constitución, se elaboraron los llamados Pactos de la Moncloa, en donde todas las fuerzas sindicales, empresariales y políticas se reunieron para definir lo que serían los grandes parámetros de una economía social de mercado. Se construyeron pactos para garantizar que no habría alteración a una política de progreso. Los sindicalistas sabían que sin estabilidad institucional en el marco democrático, el progreso no existía. Los Pactos de la Moncloa fueron el compromiso de todos a favor de un régimen de libertades. Los derechos sociales se acomodaron en el siguiente sentido: si ganaba Felipe González, los interpretaba en una línea de máximos y si ganaba la derecha, lo interpretaba en una línea de mínimos. Había una flexibilidad que institucionalmente servía.

—¿Ve un riesgo de que se judicialicen las demandas por derechos sociales?

—Es un pecado judicializar la vida política. A veces hablamos de la politización de la justicia y no es verdad, lo que estamos haciendo es judicializar la política. Los políticos tienen que tener el coraje de defender sus postulados en el Parlamento.

—Usted es, además, un abogado que ejerce, y le ha tocado representar a distintas empresas. ¿Qué mira el inversionista extranjero en una Constitución para invertir?

—Dos cosas: estabilidad institucional y seguridad jurídica. Puede haber cambios y también puede cambiarse la ley, pero la previsibilidad y el principio de la confianza legítima son muy importantes. Sé que estoy invirtiendo en este régimen jurídico, que puede cambiar, pero que previsiblemente cambiaría hasta aquí. Ahí yo puedo estudiar mi decisión económica. Sé que actuando de acuerdo con esta ley, tengo la confianza legítima de que nadie me va a decir que no estoy cumpliendo la ley.

Recuadro

– ‘No queríamos una Constitución de mayoría corta, queríamos una de mayoría amplia’.

– ‘Lo que se hizo desde el consenso refórmese desde el consenso’

—¿Qué cambios le haría a la Constitución española? Últimamente se ha abierto un fuerte debate sobre ello.

—Ud. sabe que el padre se enamora del hijo. Mis hijos coloquialmente hablan de la otra hermana. Es evidente que puede reformarse, pero lo que se hizo desde el consenso refórmese desde el consenso. Si no se hace así e introducimos que por mayorías distintas y escuetas pueda cambiarse el contenido de preceptos, abrimos una Caja de Pandora difícil de cerrar. La vocación de muchos no es legislar, sino constituir y es eso lo que da desconcierto. No me parece que un texto constitucional pueda tener esta aspiración de ser cambiado por una pequeña mayoría. Una Constitución tiene que tener una vocación de representar ampliamente a la población.

—¿Qué le parece el debate de las autonomías en España y particularmente en Cataluña?

—España tiene una historia muy compleja. Una gran diversidad identitaria que tiene que ser respetada y no únicamente como si no quedara más remedio, sino como un elemento que enriquece. Hay gente que dice que es demasiado o demasiado poco. Lo que sí es evidente es que no se conoce ninguna otra experiencia en el mundo de una transformación de un poder centralizado a un poder descentralizado tan importante como la que ha ocurrido en España. Habrá quien desee otros horizontes, pero lo que es evidente es que, por ejemplo, Cataluña, con su estatuto, nunca históricamente había tenido tanto poder como lo que gana con él. Se quiere más, yo ya no entro, soy arqueología pura. Los problemas en Cataluña no son un problema de la Constitución.

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